La negra
Por Alejandro Ramírez Morón
Era el amanecer helado de un domingo de Caracas en diciembre. Rita Chacón era una negra miserable, pero buena gente, que amanecía tocando un teclado Casio para principiantes, componiendo canciones de rock oscuro y sexual; tomando buches rápidos de ron barato y dando caladas masculinas a su vaso de ron barato.
Se le iba
la noche entre el ron y la coca, la jornada cincelada por pequeñas dosis de
porno hard, y sesiones de masturbación que le apretaban la garganta el momento del
orgasmo.
Rita vio en
el horizonte las primeras pinceladas del ámbar violeta que anunciaba la llegada
del Sol, dejó todo lo que estaba haciendo, y montó una greca de café negro bien
cargado. Se sirvió un tazón sin azúcar, y -esta vez- lo acompañó con un
Belmont.
Puso en el
equipito marca Stereophone un acetato de Nina Simone: “And I feel good, fish in
the sea”. La piel gruesa y marrón cetrino se le prensó de frío y placer. Estaba
desnuda, claro, frente al ventanal de su pequeño apto en El Silencio, un poco
más arriba del CICPC.
Rita Chacón.
37 años. Egresada del Conservatorio Nacional de Música Juan José Landaeta -cuando
lo dirigía el Maestro Sauce-, como profesora ejecutante de piano. Pianista de
Juan Sebastián Bar. “Músico no, dime que soy música”. Un portento de negrota. No
sabía hacer otra cosa que no fuera tocar el piano. Si embargo, era una tipa
pobre, santera, llorona, bisexual y torpe.
Se echó a
la calle no bien dieron las 7 am. Compró pan canilla y jamón pierna. Y un medio
litro de jugo de naranja Carabobo. Subió de nuevo, el par de nalgas en bamboleo
-picón sabroso-, subiendo al piso dos, prácticamente en bata de dormir, con un
par de chancletas compradas en La Hoyada. Desayunó y se echó a dormir, luego de
otro cigarrillo.
Soñó que
tocaba nocturnos de Chopin en una cena en Miraflores, la noche en que La Belle
Epóque preparó la cena de Kennedy. En el sueño la calabaza se convertía en carroza,
y ella ya no era la cenicienta, sino una negra abisinia; una reina etíope que
había sido convocada a tocar el piano en aquel arroz histórico. La nariz de trompeta
se distendió cuando exhaló una risa de satisfacción en los más profundo del
reino del onirismo, cagada de risa, en brazos de Morfeo.
FIN

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