La Máscara
Por Alejandro Ramírez Morón
Hay un
juramento por el Sagrario. Hay una maldición por el Sagrario; hay un acuerdo de
brujas, en Gibraltar… hay un pacto con el Diablo…
Ginger
Britt era una rubia espigada, y dulce, pero tenía un par de ojazos verdeazul
iridiscentes, que no se debía mirar directamente.
Ginger
-ante el mundo- era estudiante de Letras en una universidad jesuita; pero, en
realidad, era una modelito de Onlyfans.
Ginger, la
de las uñas asesinas; la del labial carmesí; la de los mil machos; fina y
sencilla, creía en Dios de vez en cuando.
Vivía en lo
alto de una colina. No tenía coche. Así que subía cada día la empinada cuesta
que hacía sigzag hasta el anexo donde se alojaba: confortable, amplio, lleno de
pequeños lujos. Ganaba muy bien con sus desnudos, pero no se lo dejaba ver a
nadie.
En el patio
trasero había una pequeña habitación: ese era su set. Allí tenía las luces, las
cámaras, los jugueticos eróticos, y todo el arsenal.
¿Era Ginger
una prostituta? No necesariamente. Nunca grababa una escena sin antifaz. Y -si
bien muchos accedían pagando a su contenido-, eran unos pocos los que lograban
llegar hasta su cama. Pero eso es parte de otra historia.
Su nombre
“artístico” -por lo tanto- era La Máscara.
Su pubis
angelical era blondo y deliciosamente ensortijado. Sus senos eran pequeños, y
sus nalgas dos posaderas níveas, que su cámara Canon EOS R50 hacía lucir como
de otro planeta.
Por lo general, se trataba de
comprar un paquete de 20 o 30 fotos en diferentes ángulos. Ofrecía también
videos grabados de ella masturbándose. A veces, hacia videos en vivo donde
complacía los caprichos de la audiencia (así mujeres como hombres). Y -sí-,
cada tanto invitaba a algún scooter caraqueño para grabar un clip porno de 15 a
20 min. Esto último era lo más caro.
“Agenda y disciplina”, se decía para sus adentros, cuando le
tocaba estudiar para un examen sobre García Lorca o Dostoievski. En realidad,
sí era una estudiante de letras. Tenía apenas 20 años. Pero su papi había sido
asesinado cuando ella tenía apenas 9 años, y… su madre… bueno, su madre no era
la mejor persona, así que un día se fue de casa, y no volvió nunca más…
Mientras pasaban los días, Ginger abultaba su cuenta
bancaria, porque no era tonta: tenía un plan. Haría suficiente dinero, lo
bastante y más allá, como para mudarse a Europa, quizá París o Frankfurt; no lo
sabía. La idea final era comenzar por el modelaje, y terminar en el cine como
actriz de películas de autor. ¿Quién podía culparla?
A veces, antes de dormir leía un poco la Biblia: “No
juzguéis, para que no seáis juzgados. 2 Porque con el juicio con que
juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir”,
leyó esa noche en Mateo 7.
FIN

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