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ZARA

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Por Alejandro Ramírez Morón Era bajita y blanquísima -como la nieve-. En sus veinte, tenía una púrpura por boca, nueva, como la placenta de un bebé recién nacido. Si tuviéramos que compararla con algo, diríamos que ella era una auténtica burbuja de hidrógeno. Encendió el criogénico aire acondicionado de su BMW, y echó a andar en el estéreo un playlist de Johnny Cash. Por esas fechas estaba muy ocupada en su cargo de community manager de una marca de gaseosas, pero le robaba minutos al día para leer a Vargas Vila. Zara bajó desde su apartamento en Chulavista conduciendo lento -como le había enseñado papi-, pero sin dar chance a los retrasos ni los atracos a mano armada de una Caracas que era una bomba siempre punto de estallar. La chica era traviesa y fumona, pero católica practicante. Casi todas sus excompañeras de la Nueva Esparta -se había limitado a hacer un TSU en Mercadeo-, tenía un mecánico o un camionero como amante, pero ella no creía que fuera la manera de hacer las cosa...

La negra

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Por Alejandro Ramírez Morón Era el amanecer helado de un domingo de Caracas en diciembre. Rita Chacón era una negra miserable, pero buena gente, que amanecía tocando un teclado Casio para principiantes, componiendo canciones de rock oscuro y sexual; tomando buches rápidos de ron barato y dando caladas masculinas a su vaso de ron barato. Se le iba la noche entre el ron y la coca, la jornada cincelada por pequeñas dosis de porno hard, y sesiones de masturbación que le apretaban la garganta el momento del orgasmo. Rita vio en el horizonte las primeras pinceladas del ámbar violeta que anunciaba la llegada del Sol, dejó todo lo que estaba haciendo, y montó una greca de café negro bien cargado. Se sirvió un tazón sin azúcar, y -esta vez- lo acompañó con un Belmont. Puso en el equipito marca Stereophone un acetato de Nina Simone: “And I feel good, fish in the sea”. La piel gruesa y marrón cetrino se le prensó de frío y placer. Estaba desnuda, claro, frente al ventanal de su pequeño apto...

La Máscara

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Por Alejandro Ramírez Morón Hay un juramento por el Sagrario. Hay una maldición por el Sagrario; hay un acuerdo de brujas, en Gibraltar… hay un pacto con el Diablo… Ginger Britt era una rubia espigada, y dulce, pero tenía un par de ojazos verdeazul iridiscentes, que no se debía mirar directamente. Ginger -ante el mundo- era estudiante de Letras en una universidad jesuita; pero, en realidad, era una modelito de Onlyfans. Ginger, la de las uñas asesinas; la del labial carmesí; la de los mil machos; fina y sencilla, creía en Dios de vez en cuando. Vivía en lo alto de una colina. No tenía coche. Así que subía cada día la empinada cuesta que hacía sigzag hasta el anexo donde se alojaba: confortable, amplio, lleno de pequeños lujos. Ganaba muy bien con sus desnudos, pero no se lo dejaba ver a nadie. En el patio trasero había una pequeña habitación: ese era su set. Allí tenía las luces, las cámaras, los jugueticos eróticos, y todo el arsenal. ¿Era Ginger una prostituta? No necesar...