ZARA
Por Alejandro Ramírez Morón Era bajita y blanquísima -como la nieve-. En sus veinte, tenía una púrpura por boca, nueva, como la placenta de un bebé recién nacido. Si tuviéramos que compararla con algo, diríamos que ella era una auténtica burbuja de hidrógeno. Encendió el criogénico aire acondicionado de su BMW, y echó a andar en el estéreo un playlist de Johnny Cash. Por esas fechas estaba muy ocupada en su cargo de community manager de una marca de gaseosas, pero le robaba minutos al día para leer a Vargas Vila. Zara bajó desde su apartamento en Chulavista conduciendo lento -como le había enseñado papi-, pero sin dar chance a los retrasos ni los atracos a mano armada de una Caracas que era una bomba siempre punto de estallar. La chica era traviesa y fumona, pero católica practicante. Casi todas sus excompañeras de la Nueva Esparta -se había limitado a hacer un TSU en Mercadeo-, tenía un mecánico o un camionero como amante, pero ella no creía que fuera la manera de hacer las cosa...