ZARA



Por Alejandro Ramírez Morón

Era bajita y blanquísima -como la nieve-. En sus veinte, tenía una púrpura por boca, nueva, como la placenta de un bebé recién nacido. Si tuviéramos que compararla con algo, diríamos que ella era una auténtica burbuja de hidrógeno.

Encendió el criogénico aire acondicionado de su BMW, y echó a andar en el estéreo un playlist de Johnny Cash. Por esas fechas estaba muy ocupada en su cargo de community manager de una marca de gaseosas, pero le robaba minutos al día para leer a Vargas Vila.

Zara bajó desde su apartamento en Chulavista conduciendo lento -como le había enseñado papi-, pero sin dar chance a los retrasos ni los atracos a mano armada de una Caracas que era una bomba siempre punto de estallar.

La chica era traviesa y fumona, pero católica practicante. Casi todas sus excompañeras de la Nueva Esparta -se había limitado a hacer un TSU en Mercadeo-, tenía un mecánico o un camionero como amante, pero ella no creía que fuera la manera de hacer las cosas.

Ella era una yegua pura raza, y necesitaba alguien que la igualara en sangre. Sí, es verdad que era súper rica de cuna, pero a la vez era toda una mente, una tigra mariposa para los negocios, y una visionaria en cuanto a lo que tocaba al rol que los marketineros podían jugar en la superación del subdesarrollo.

“Mami, nunca te le pegues demasiado al carro que llevas adelante”, le había enseñado su padre. Lo recordó porque iba por la Francisco Fajardo a nivel del Hotel Aladin, y la cola rodaba pero no rodaba. U know.

Es decir, en resumen, allí donde estaba, con apenas 20 años a cuestas, era justo la negación de ese mito errático de que la juventud es para hacer y deshacer sin orden ni concierto. Su destino era la Universidad Católica Andrés Bello. Cuando rebasó a María Lionza la autopista se despejó, y hundió un poco más el acelerador. Iba a la Academia BTC-UCAB, donde tomaba un curso sobre criptoactivos, y tecnología Contacless.

No. No se acostaba con un mecánico. Tenia un novio médico, 10 años mayor que ella, con el cual compartía una lucha: la necesidad de que el empresariado -laissez faire, laissez passer- se metiera en la selva sudorosa del 80% de pobreza que había en Venezuela, pero sin romanticismos vacíos, ni utopías que siempre terminaban en burocracia.

A altura de La Yaguara le dio un par caladas a su preciosa pipa para fumar marihuana. “Just a touch”, se dijo a sí misma. Y recordó una frase del poeta Antonio Machado: “La carencia de vicios añade muy poco a la virtud”.

FIN

 

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